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martes, 21 de diciembre de 2010

No culpes a nadie

Nunca te quejes de nadie, ni de nada, porque fundamentalmente tú has hecho lo que querías en tu vida. Acepta la dificultad de edificarte a ti mismo y el valor de empezar corrigiéndote. El triunfo el verdadero hombre surge de las cenizas de su error.


Nunca te quejes de tu soledad o de tu suerte, enfréntala con valor y acéptala. De una manera u otra es el resultado de tus actos y prueba que tú siempre has de ganar.

No te amargues de tu propio fracaso ni se lo cargues a otro, acéptate ahora o seguirás justificándote como un niño. Recuerda que cualquier momento es bueno para comenzar y que ninguno es tan terrible para claudicar.

No olvides que la causa de tu presente es tu pasado así como la causa de tu futuro será tu presente.

Aprende de los audaces, de los fuertes, de quien no acepta situaciones, de quien vivirá a pesar de todo, piensa menos en tus problemas y más en tu trabajo y tus problemas sin eliminarlos morirán.

Aprende a nacer desde el dolor y a ser más grande que el más grande de los obstáculos, mírate en tu propio espejo y serás libre y fuerte y dejarás de ser un títere de las circunstancias porque tú mismo eres tu destino.

Levántate y mira el sol por las mañanas y respira la luz del amanecer. Tú eres parte de la fuerza de tu vida, ahora despiértate y triunfarás en la vida; nunca pienses en la suerte, porque la suerte es: el pretexto de los fracasados.

                                                                                                                                               Pablo Neruda

jueves, 25 de noviembre de 2010

Cuentos


Existen libros que se escriben para intentar satisfacer una necesidad, una duda, un hiato; para compartir un placer, una pasión, un amor; para enseñar, para orientar, para educar. Y en el complemento de todos los libros existen los que no logran ninguna de las anteriores. El Dr. Miguel Ruiz ha creado un libro –como muchos tantos- con el que busca compartir amor, y con él como eje vector establecer el orden de las esferas que dan causa a nuestra vida.
Más de una vez he leído algún libro que partiendo del amor propone edificar una torre de vida que muchas de las veces sólo termina por construir una torre de Babel; una más de tantas miles. Mas siendo sincero no entendía el por qué aun partiendo del amor (que no debemos definir, sólo sentir, porque como diría San Agustín de Hipona; sé bien que es el tiempo, hasta que alguien me preguntan qué es y entonces yo quedo mudo), el proyecto de hacer del libro una rendija de luz donde al final esa rendija se estrechaba al grado de no poder ensancharse nunca más. Empero, La voz del conocimiento muestra la manera si no novedosa sí acorde con la historia del hombre. Miguel plantea que para lograr alcanzar una vida plena hay que desaprender lo aprendido (una ironía a primera vista), pero creo con fe consiente que debe ser así. Siempre he recordado el pasaje del evangelio donde Jesús, en alrededor de varios niños, pide y dice a los adultos; dejad que los niños se acerquen a mí, porque el que no es como un niño no entrará en el reino de mi padre. Recuerdo el día en que lo leí, y también recuerdo a y mí maestra María Luisa abundando sobre el tema y dándonos su explicación que al paso de los tiempos supe era su cuento favorito. Después de interpretar el pasaje agradecí ser un niño porque entonces entraría en el reino de señor, sin embargo algo me decía que no sería por siempre un niño, y que entonces ya no podría entrar en ese reino que me parecía debía ser tan hermoso como nunca sería el más hermoso de mis sueños. Siempre supe que existía una inconsistencia en ese pasaje, ahora se la singularidad estaba en que no tenía elementos para entenderlo, porque para hacer eso hay que ser adulto y haber sido  niño. Es decir, comprenderlo en ese eón significaba estar simultáneamente en ambos estadios, cosa que de niño no es nada fácil. Pero ahora, que soy joven, para entender realmente el pasaje, debo desaprender lo hasta hoy aprendido.

El gran aporte que hace Miguel Ruiz a mi vida a través de su letra es mostrar que el hombre es un ser irreductiblemente condicionado por su entorno, sin embargo, ello no implica ser irreductiblemente condenado a él. Fuimos niños y la vida era un juego, un perenne tiempo de risa, diversión, paz, felicidad. Pero crecimos y los adultos nos dijeron que debíamos ser de esa y no de la otra forma. Nos dijeron que hay preguntas malas, que hay pensamientos malos, que nos bautizaron porque sus padres a ellos los habían bautizados y que aquellos en los que el agua no escurrió en su crisma y murieron,  su alma esta hasta el fin de los tiempos en un eterno ir y venir sin paz. Nos dijeron que alguien siempre nos vigila, que sabe todo lo que hacemos, que no hay lugar terrenal donde escondernos de su vigía mirada.
Y esos cuentos fueron lo que nos cortaron los sueños, los que no dejaron que los hombres se cuestionaran sobre si lo que veía era real o sólo la ilusión de un oasis en la historia de la humanidad. Sin embargo, no hay culpables, no hay victimarios, sólo víctimas.
Mas con todo ello que cargamos acuestas, históricamente hoy tenemos realmente la oportunidad de alcanzar el punto de no retorno más a las mentiras, a los cuentistas, a las voces ajenas del conocimiento, a nuestra voz del conocimiento. Hoy sabemos por miles de años de experiencia que el camino que hasta hoy hemos seguido es como las grandes y hermosas olas de mar que al aproximarse a la playa crecen de forma majestuosa pero al poco tiempo no soporta su propio peso y rompen, convirtiendo los bello en algo efímero.
Hoy podemos alcanzar la verdad; la verdad de al nacer que no sabemos lo que somos, pero el cuerpo sí que lo sabe y sabe qué hacer.

viernes, 1 de enero de 2010

Todo termina en un libro o en un olvido

«Oviedo , quien escribe catorce horas al día, será el conquistador de los conquistadores, el depósito de la verdad. El corral de hechos y personas. Hará con la pluma mucho más de lo que efectivamente hicimos nosotros con la espada. Curioso destino. Pero Jehová mismo no sería Jehová si los judíos no lo hubiesen encerrado en un libro. Para bien o para mal, la única realidad que queda es la de la historia escrita. El mismo Rey termina por creer lo que dice el historiador en vez de lo que cuenta quien conquistó el mundo a punta de espada.
Todo termina en un libro o en un olvido.»
Abel Posse .El largo atardecer del caminante, 1992.

sábado, 21 de noviembre de 2009

El lujo de la libertad


Cuando me fui de Santa Clara con la resma bajo el brazo, esquivando los charcos infectos del suburbio, no pensé que Lucinda me había regalado, con inocencia, con sabiduría, una posibilidad de existir, de reexistir. Al día siguiente, cuando me puse a escribir, comencé con el tono de siempre, el estilo del señor que a través de solemne notario se comunica con su rey ―que es el estilo frecuente y frecuentado―. No sin trabajo fui rompiendo las frases y los silencios convencionales. Mi brazo y mi mano se resistían. Por fin, ya seguro de que el mío podría ser un libro absolutamente secreto, como lo será, empecé a lograr que la punta de la pluma más o menos calcase la voz interior. Empecé a caer en mí mismo, lo cual no es fácil. Continuamente tuve que repetirme que este libro sería como para ciegos: no había ojos que amenazasen la libertad de expresarme; porque los ojos del otro son el fin de nuestro yo, de nuestra espontaneidad. Así pude ir convenciéndome de que el otro no existiría, al menos hasta mucho tiempo después de mi muerte. Y desemboqué en el lujo de la libertad. Una libertad de papel. Una nueva forma de caminar, de aventurarme por los desiertos, adecuada para el viejo que ya soy.
Abel Posse. El largo atardecer del caminante.