«…Déjame en el monte, déjame en el risco, déjame existir mi libertad, vete a tu convento hermano Francisco, sigue tu camino y tu santidad.
El santo de Asís no dijo nada. Le miró con una profunda mirada, y partió con lágrimas y desconsuelo, y habló al Dios eterno con su corazón. El viento del bosque llevó su oración, que era: “Padre nuestro que estás en los cielos…”.»
Fragmento.Rubén Darío, Los motivos del lobo.
Hace 59 años, en el Universo surgió parte de la materia que con el discurrir del tiempo conllevaría a que éste día escriba éstas líneas entregadas a la posteridad.
Nunca amaré a nadie ni a todo con tanta voluntad como amo a mi madre.
De joven, Isaac Newton tuvo una libreta a la que llamó Quaestiones quedam philosophicae (Algunas cuestiones filosóficas), en ella escribió a modo de premisa «Platón es mi amigo, Aristóteles es mi amigo, pero mi mejor amiga es la verdad».
Vivimos nuestra vida sin comprender casi nada acerca del mundo. Dedicamos poco tiempo (cualquiera que sea su significado) a pensar en la naturaleza del Sol, del cual proviene la energía que ha dado origen a la vida, en la gravedad que nos ata a la superficie terrestre, o en las partículas atómicas de las cuales estamos constituidos.
Es común en nuestra sociedad encontrar como respuestas a estas y otras cuestiones, un encogimiento de hombros, o una referencia a creencias religiosas. Algunas personas llegan incluso a sentirse incómodos con cuestiones de este tipo, siendo esta actitud muestra de las limitaciones del entendimiento humano.
La ciencia, que no es más que un conjunto de conocimientos humanos, y que sólo existen en nuestras mentes: tiene como fin entender el mundo, sin que formen parte de él. Carl Sagan, eminente astrónomo estadounidense, reconoció que: “la ciencia está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto. Simplemente, es lo mejor que tenemos”.
Ahora bien, el éxito del conocimiento científico es su pensamiento imaginativo y disciplinado a la par de un mecanismo recursivo que corrige sus errores. La ciencia acepta los hechos, aunque ello implique ir en contra de ideas preconcebidas; nos muestra el mundo tal como es, y no como desearíamos que fuese.
La ciencia nos enseña que nunca, en principio, podremos hallar la verdad absoluta. Sin embargo, es ella la única herramienta que poseemos para aproximarnos de forma asintótica a la tan anhelada verdad.
Pero, ¿Qué es la ciencia y para qué sirve? La ciencia nos permite entender, predecir y explicar el mundo ―menudo quehacer― siendo un conjunto heterogéneo de disciplinas, teorías y actividades.
Las teorías científicas cada vez que fallan, no implican un retroceso en nuestro avance por entender el mundo, sino paradójicamente, permiten un avance al mostrar el camino erróneo y con ello iniciar una nueva búsqueda generando nuevo conocimiento a cada paso. La universalidad de la ciencia es no se interpretativa, sino prescriptible.
Ha iniciado la Cumbre Mundial de la ONU contra el Cambio Climático en Copenhague. Y el primer ministro danés Lars Loekke Rasmussen ha sido enfático al decir a los delegados: "El mundo está depositando sus esperanzas en ustedes por un corto periodo de tiempo en la historia de la Humanidad (…) Al final, debemos poder devolverle al mundo lo que hoy nos ha dado: la esperanza de un futuro mejor".
Casi todos sabemos que el bióxido de carbono (CO2) es el causante que la temperatura global aumente, pero pocos sabemos algo más sobre el CO2, por ejemplo; ¿cómo causa el calentamiento el CO2?
John Sterman, profesor del MIT ha descrito de manera sucinta lo que debemos saber sobre el CO2. He aquí las ocho preguntas y respuestas fundamentales sobre el CO2:
¿Qué pasaría si detenemos el incremento de emisiones?
Incluso a la tasa actual de emisiones, el CO2 se emite a casi el doble del ritmo del que se elimina, por lo que la atmósfera se seguirá saturando.
¿Cómo emitimos CO2?
Cuatro quintas partes provienen del consumo de combustibles fósiles. Casi todo el resto es por deforestación y cambios en el uso de suelo.
¿Cómo causa calentamiento el CO2?
El CO2 absorbe parte de la radiación de calor proveniente de la superficie terrestre expuesta al sol, y la radia de regreso a esta.
¿Ha estado antes así de alto el CO2?
No en al menos 800 000 años, según nos dicen las burbujas de aire más antiguas encontradas en los núcleos de hielo antárticos, y quizá no en un millón de años.
¿A dónde va nuestro CO2?
Plantas y suelo absorben casi un tercio cada año; las aguas marítimas superficiales, alrededor de un cuarto. El resto permanece en el aire por largo tiempo.
¿Cuánto es demasiado?
Nadie está seguro. Algunos científicos creen que necesitamos regresar los niveles de CO2 a 350 partes por millón (ppm) –lo que equivale a 745 000 millones de toneladas métricas de carbono– para evitar impactos climáticos graves. Pero si la tendencia actual continúa, el nivel de 450 ppm se superará mucho antes de mediados del siglo.
¿Y si detenemos las emisiones por completo?
Les tomaría siglos a las plantas y océanos absorber la mayor parte del CO2 producido por los humanos. Tomaría cientos de milenios que el resto fuera eliminado por degradación rocosa, la cual convierte el CO2 en sedimentos carbonados y rocas.
¿Por qué se mantendría alto el nivel por tanto tiempo?
Las plantas y el suelo absorben rápido el CO2, pero esa reserva se llena fácil.
El océano profundo es más grande, pero el acceso lento; el agua superficial con CO2 se hunde sólo en los lugares cercanos a los polos.
Los sedimentos carbonados y las rocas son mucho más grandes y todavía más lentos; se forman en el mar a partir de elementos erosionados de las rocas en tierra.
Fue una tarde a finales de octubre de 1997, cuando en la Calzada Héroes de Chapultepec No.1057 en Oaxaca, Oax., yo leía absorto la National Geographic Magazine de ese mes que mi madre sabiamente me había proporcionado con el fin que tuviese que leer y así no anduviese de ocioso recorriendo de arriba abajo el edificio de su oficina –que por cierto, mis hermanos y yo recorrimos palmo a palmo–. Mi madre sabía con que realmente entretenerme y por ello el reportaje principal era; Misión a Marte.
Creo mi madre nunca leyó el artículo, pero sé que ello no fue necesario porque me encargue de contarle pormenorizadamente hasta el ínfimo detalle de la primer misión a Marte con Vehículos Robotizados de Exploración (Rovers) –y cierto es que donde fue necesario tuve que echar mano de la imaginación para ampliar la información a las preguntas que mi madre no hacía–. Al punto tal que no quede satisfecho hasta no colocarle los lentes 3D y supervisar que viera cada una de las fotos 3D del reportaje y las comentara –tal fue mi obstinación que hasta mi padre no se salvo, aunque el si leyó el reportaje y tuve que omitir los detalles ampliados que mi madre tuvo que soportar–.
Pero el asunto aquí es Marte, no mis cuentos sobrados de imaginación o los mecanismos tortuosos a los que sometía a mi madre al contarle sobre la Mars Pathfinder.
La primera vez que escuche la palabra terraformación me asusto pero a la vez me incitaba a saber cómo lograrlo. Cuando mi padre me platicó que el hombre algún día colonizaría el Sistema Solar me pareció una idea tan lejana, absurda y desorbitada, porque los puntos de luz que tachonaban el firmamento me parecían tan lejanos al grado tal que antes de empezar a construir la escalera con la que mis hermanos y yo llevaríamos a la luna ya habíamos desistido su elaboración por unanimidad –aunque ese cuento del cual no recuerdo su nombre de nuestra colección Cuentos para ir a dormir nos hacía sentir mal por la rapidez con la que habiamos claudicamos– . Pero fue la serenidad y confianza con que mi padre me comento su predicción que no paso mucho tiempo antes que encontrara las pruebas contundentes a sus afirmaciones al leer sobre las Sondas Espaciales Viajero I, Viajero II y mi favorita; Galileo –por el nombre y por ser la primera y única en ingresar a la atmósfera de Júpiter–.
Fue a mediados del 2003 cuando leí de Paul G. Hewitt los argumentos que impulsaban al hombre a colonizar el espacio, en especial a Marte. Y ello me tranquilizó.
Pero hoy, al caminar por los stands de la Feria de la Astronomía en el Palacio de Minería me encontré delante del stand del Instituto de Ciencias Nucleares (ICN) y un gran cartel con el total falto de modestia título Terraformación: colonizar Marte.
Durante muchas lunas me pase cavilando como sería el día en que me hallará frente a los autores y promotores de la idea de la terraformación. Siempre me pregunte qué haría, que les diría, que pasaría por mi mente. Ahora me doy cuenta que desde aquella tarde cuando en las llanuras de Rojas mi padre me compartió su elaborada idea sobre la conquista humana del Sistema Solar me fue preparando poco a poco para que cuando ese día llegará tuviese la capacidad de hacer las preguntas correctas, tener la modestia que el cartel del ICN nunca tuvo, y hacer frente con estoicidad a nuestra naturaleza de conquistadores y colonizadores. Hoy la terraformación, mucho antes que a Marte, me ha colonizado.
Nota: para saber más sobre el proceso de terraformación ver el Interés Astronomía.
No sé cuál es su naturaleza, no entiendo el por qué de su asimetría; sólo puedo sentir en mí su inexorable paso y la brecha que deja entre ella y yo. El tiempo; ¿qué es el tiempo? Me intriga, pero paradójicamente su concepción me consume con él.
El tiempo, un sustantivo; aunque no sé que designa: un ser, una cosa o una idea. ¿Qué?
Dickson cree que el tiempo sólo es el instante en que suceden las cosas, pero a mí figura ser el alma primada y nefasta del universo o al menos eso me parece a ésta escala nuestra.
En el transcurso de los últimos años de mi vida, me han acorralado miríadas de dudas, fantasmas, lestrigones y hasta cíclopes que me han llenado de zozobra —y lo continúan haciendo, y me temo que será por mucho tiempo más— y a la par de ellos he vislumbrado cientos de horizontes de los muchos que no dudo han de existir . Pero hoy caigo en la cuenta que estos demonios no son más que la manifestación de la “inercia” de respirar en un mundo como este…. ¿Pero que tiene que ver esta crisis del cuarto de vida con la variable compleja?
Pues bien, una de las conclusiones más provechosas y fantásticas a la que he llegado como resultado de esta “inercia” es el dogma que lo complejo sólo es el adjetivo para denotar aquello cuya estructura implica cierto adiestramiento para manipularlo, en donde una secuencia lógica y perseverante habrá de explicar la estructura compleja a través de un recetario sencillo.
En otro contexto, no creo que exista situación compleja que no halle solución a dicho dilema si lo afrontamos con fe, amor, pasión y anhelo de hallar una solución que nos satisfaga y complazca.
Lo difícil es como lidiamos con nuestros demonios los cuales son inherentes a nuestra naturaleza, y por siempre habrán de estar en nosotros — pecaría aquel que dijese que esta exentos de ellos, por qué ¿Cómo estar exentos de nosotros mismos?—.
Hace 5 siglos el hombre pensó que llegar a la Luna era algo más que imposible y tuvo que aprender a lidiar con sus demonios y dar cabida a la idea de que Dios no mora en el espacio sublunar, sino más allá, y es por ello que hace tan sólo 39 años el hombre piso su superficie, caminó por ella, y osó adueñarse de lo que nunca pensó.
Así que la única manera que vislumbro para hacer sencillo lo complejo, es el conocernos a nosotros mismo, el aceptarnos tal y como las mezclas genéticas nos determinaron y, una vez resignados y agradecidos por la oportunidad de estar en este mundo, empezar a desentrañar la estructura de lo complejo, aunque en ellos se nos vaya hasta la vida.